Texto 7. Ekko

No me quiero levantar. El sonido de la puerta de madera crujiendo y los pasos de mi hija que se apuran a servir el desayuno. En dos platos, siempre en dos, las croquetas cayendo dentro, los maullidos de desesperación. Esa es una rutina que a partir de hoy temo que cambiará. Puede ser que no. Puede que los maullidos lleguen como siempre y los golpeteos de los platos de alimentación pausada no cambien para nada. Sólo que ya no serán dos. Los dos de siempre, los dos platos, las dos camas, los dos maullidos, los dos… gatos.

He perdido personas. Nunca las más cercanas. Nadie que no esperara que se fuera pronto. Esperar no como en desear sino como en saber que ya tocaba, o que era pronto. 

Salir de la habitación y recibir el choque del calor que hace afuera contra mi cuerpo, abrazando mi piel, colándose bajo mi ropa. Estoy molesta, el calor me molesta. No me di cuenta. No me percaté de lo feliz que era. A pesar del calor, a pesar de todo. Lo feliz que me hacía ver sus ojitos por la mañana. 

Ahora voy a bajar. Y él no estará más. Sólo uno ya.

Siempre eran dos, dos platos, dos camas… dos gatos.

No sé cómo bajar y saber que siempre será ahora sólo uno. 

¿Son tan buenos los gatos que no merezco más de uno? Me hago preguntas tontas así. Me sincronizo con todas las personas que alguna vez se sintieron así. No soy especial. 

Ahora sólo es uno. Esa es la verdad y sin embargo necesito llenar el vacío. Quizá con ochenta mil gatos. Quizá sólo uno… por ahora. 

Alucino porque ahora creo que los dos se volvieron uno y en uno quiero ver al otro y hasta su pelaje parece sentirse igual. Suave… sedoso.

Yace bajo tierra. Doloroso.

Y el otro duerme en la pequeña cama junto a la mía, la camita que nunca ocuparon. ¿Sería porque no cabían? ¿Qué sentían? Se tenían... Se percibían. Se mordían.

Ahora viene miedo, viene tristeza, viene vacío. Viene incluso alegría. Alegría aunque sea… vacía. Aunque sea a medias. Aunque tenga otras alegrías. ¿Por qué no lo sabía?

Hace apenas veinticuatro horas pensé que viviría. Me quedé dormida creyendo que hoy despertaría y me dirían que estaba listo para volver a la rutina.

Ayer lloré todo el día. Desde despertar hasta que el día terminó y nada cambió. Hice todo de nuevo otra vez. Lavé la fuente… le serví comida.

No es su culpa que una actividad cotidiana se sienta tan vacía. Que tenía que apurarme a servirles porque si uno acababa se iba al otro plato a ganar aunque sea unos gramos más del sobrecito del día.

Eran sólo dos. Se sentían como un montón. Y ahora que sólo quedó uno esto parece desértico. Jamás pensé sentir este dolor patético, devastador.
Le doy una y mil vueltas como si tuviera solución pero es que en verdad ahora siento que no importa si son ochenta mil o los que vengan después. Si son tres o cuatro platos, o sólo dos o sólo uno. Todo empezó con dos gatitos bebés. 

“Mamá, por favor hazlo volver”. 
“Hijito, si pudiera… Si pudiera sin pensarlo volvería a antes de ayer”.

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